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Las tres hermanas o la nostalgia en loop

18 de noviembre de 2025


Crítica escrita por Javier Ibacache en el marco de la presentación "Por una crítica biónica" en la tercera versión de la Semana Crítica que, este 2025, se celebró en Buenos Aires. Con participación de especialistas de artes escénicas y estudiantes de carreras afines, esta edición dedicó una jornada a las IAs generativas donde se presentó un modelo de crítica biónica o crítica asistida por IA.

Por Javier Ibacache

El clásico de Antón Chéjov, estrenado en 1901, retrata a tres hermanas que sueñan con volver a Moscú mientras la vida se les escapa. Más de un siglo después, Angelo Solari revisita esa espera en un presente digital donde los límites entre cuerpo y pantalla se disuelven. Su montaje en el Teatro UC convierte el deseo chejoviano en una experiencia de simulación y eco, poblada de avatares, proyecciones y voces generadas por Inteligencia Artificial.

Olga, Masha, Irina y Andrei habitan una casa convertida en interfaz. Las pantallas reproducen sus gestos y los devuelven distorsionados, como si el escenario fuera una cámara de eco emocional. El clásico lamento de Chéjov —la vida que pasa sin cumplirse— se vuelve algoritmo que repite una misma melodía. Todo ocurre en un loop donde los personajes interactúan con sus duplicados digitales, atrapados en un presente que no avanza.

La virtualidad no irrumpe como espectáculo tecnológico, se integra al tejido del montaje. Solari la utiliza para construir un clima de suspensión, una atmósfera donde los recuerdos se actualizan como archivos y los afectos se procesan como datos. La frase “¡A Moscú!” suena como un comando de voz que ya nadie responde, una nostalgia que se reproduce en diferido.

La Inteligencia Artificial no reemplaza al actor, lo desdobla. Los avatares funcionan como espejos que reflejan una versión más pulida y más vacía de sí mismos. En ese diálogo entre cuerpo y proyección, la pregunta de Chéjov cambia de signo: ya no es “¿qué será de nosotros?”, sino “¿quién habla cuando hablo?”. La escena vibra en dos frecuencias, una humana y otra sintética, que conviven sin tocarse.

El parentesco con Black Mirror es evidente. Como en la serie, la tecnología amplifica la nostalgia más que la supera. Los personajes buscan en la máquina un porvenir y solo obtienen un render del pasado. El tiempo se vuelve latencia, la emoción un archivo repetido. La melancolía chejoviana aparece traducida al lenguaje de los algoritmos.

La puesta combina música, proyecciones y un uso contenido de recursos digitales. La imagen no compite con el actor, lo acompaña y lo prolonga. El elenco —Blanca Lewin, Valentina Muhr, Montserrat Ballarín, Luis Cerda y Rodrigo Pérez— sostiene una interpretación precisa y contenida, con gestos que encuentran eco en sus dobles virtuales. La dirección musical de Solari y el diseño visual crean una partitura donde cada silencio tiene peso.

El resultado es una reflexión sobre la presencia y la ausencia en tiempos de pantallas. Solari no cita a Chéjov, lo reescribe desde la hiperconexión contemporánea. La obra pregunta qué queda del otro cuando todo se replica y cómo se sostiene el deseo en un mundo que solo devuelve reflejos. El Teatro UC se transforma así en un laboratorio de imágenes pensantes, donde la inteligencia artificial no deshumaniza el texto, pero sí lo congela. Las tres hermanas es una lectura lúcida y melancólica del clásico ruso. Un montaje que convierte el anhelo de otra vida en diagnóstico de época. Seguimos hablándonos a nosotros mismos.

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