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Llegará el día en que todos sabrán para qué es todo esto

11 de noviembre de 2025


El siguiente texto escrito por Carla Romero es parte del programa de mediación de la obra Las tres hermanas, en cartelera en Teatro UC entre el 16 de octubre y el 22 de noviembre de 2025.

photo_camera Chekhov. Osip Braz (1898)

Era 1901 y una persona escribía: “Vivamos. La música toca con tanta, tanta alegría que parece que pronto sabremos para qué estamos viviendo, para qué sufrimos. ¡Saberlo! ¡Saberlo!”.

Esa persona era Chéjov, escritor nacido en 1860 en Tarangog, Ucrania, en plena Rusia zarista, y quien hoy, a más de un siglo, es referente del teatro universal.

Con esta frase daba final a una obra que tituló Las tres hermanas. Por medio de las palabras, Olga, una de las protagonistas de la pieza, expresa la angustia que sentía al desconocer su futuro, el devenir de sus anhelos y la imposibilidad de sus sueños.

Es extraño pensar que han pasado más de 100 años y con ellos muchas guerras, muchos inventos, muchas pantallas, muchas carreteras, muchos aviones, poca paz...y nos siguen rodeando, al igual que a Olga, las mismas inquietudes, las mismas contradicciones y las mismas insólitas cosas que nos causan risa y que Chéjov retrató magistralmente, en cada una de sus obras y cuentos.

Antosha —como llamaban al dramaturgo— fue nieto de siervos, hijo de un padre castigador y de una madre cuentacuentos. A los 13 años trabajaba, estudiaba y enviaba dinero a Moscú, donde vivían sus padres, tras una crisis económica familiar. El niño Antosha apenas dormía. Quizás fue durante esa infancia somnolienta en donde se imaginó y escuchó conversaciones llenas de melancolía, aburrimiento y humor. Porque, aunque sus fotos son serias y siempre lleva puestos unos lentes de médico, sus personajes y su escritura aún nos hacen reír. Lo primero que escribió son cuentos cómicos para los periódicos. Con ese dinero pudo financiar su carrera de médico. Creó una escuela, una biblioteca y una posta, donde atendió gratis a los más vulnerables. Nunca olvidó que su abuelo fue un siervo (campesino no libre en la Rusia zarista) que logró comprar su libertad.

Antón cuidó a un hermano que murió de tuberculosis. Se contagió, pero de todas formas viajó a la isla de Sajalín a visitar a prisioneros y enfermos de cólera. Siguió escribiendo relatos cortos de forma exitosa, también escribió grandes obras de teatro, con las que en un principio fracasó. Luego se casó con Olga Knipper, una de las actrices de sus obras. Siguió escribiendo tras ser aplaudido. Hace todo eso, a pesar de que sabe que va a morir.

En la vida de Chéjov, al igual que en sus obras, lo importante es el proceso, el tejido. Muchas veces lo criticaron porque sus obras y sus personajes no tenían acción, y que despreciaba demasiado la forma dramática como para tener derecho a escribir teatro.

Pero, por el contrario, él defendía que las personas pasan la mayor parte de su vida comiendo, bebiendo y no tomando grandes decisiones, ni actuando como héroes, más bien, los días pasan ocupados en cosas cotidianas, en tonterías, en chismes, e insistía en que lo importante no es lo que pasa al final del cuento; lo importante es la mitad, “la vida auténtica” y eso le interesaba compartir por medio de sus textos.

¿Acaso no es, en ese intermedio, donde vivimos la mayor parte de nuestras vidas? ¿Entre unas cosas y otras, intentando ser felices? ¿Intentando encontrar eso que vendrá... prometiéndonos un mejor futuro, un mejor lugar para vivir y deseando hacer eso, que alguna vez haremos? Así... con puntos suspensivos, como él escribía...

¿Pero por qué montar a Chéjov ahora? ¿Es que nos parecemos a sus personajes?

Quizás.

Deambulamos por las calles de una ciudad que por momentos se asemeja a esas provincias desgastadas de la Rusia de 1901, con preocupaciones domésticas que nos agobian y se llevan los años de nuestra juventud. Paseamos en auto o en metro con las ventanas cerradas, soñando con algo que sucederá pero que nunca ocurre. La única certeza es que vendrá la muerte. Vivimos en la dicotomía sueño/realidad. Transitamos como las tres hermanas: Olga, Masha e Irina, entre realidad/ficción, entre los anhelos del pasado y entre las promesas futuras, sin las energías para cambiar lo que sabemos no funciona.

...Y a pesar de ese cansancio, seguimos comiendo, bebiendo, hablando tonterías y amando, porque aún nos queda amor, en eso también nos parecemos a los personajes de Chéjov y aunque suene
antiguo, como la Rusia de 1901, el amor es el único futuro posible que hace resonar las palabras de Irina: “Llegará el día en que todos sabrán para qué es todo esto”. Sabemos que existe en algún lugar del tiempo, otra felicidad. Sabemos que existe nuestro Moscú-Úcsom.

Ahora que ha pasado la vida siento como si no hubiera vivido. Me quedaré aquí un ratito. No importa esperaré.

Carla Romero es dramaturga, directora, actriz y docente. Magister en Estudio y Prácticas Teatrales de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fundadora de la compañía Mala Madre, donde ha escrito y dirigido: Un Gavilán para Violeta (2018), La Compañera (2020) y Vivir Juntas (2024).

Descubre más contenidos del programa de mediación de Las tres hermanas, aquí.

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